A ver si lo entiendo...

A ver si lo entiendo...

Por un lado, unos saben que no pueden garantizar la legalidad ni la validez del referéndum, ni aunque se celebrara en la paz más absoluta, pero lo convocan igualmente, contra viento y marea, sabiendo que, pase lo que pase (y sobre todo si se produce una previsible represión estatal), su narrativa de pueblo oprimido y sus argumentos de independencia se verán reforzados. A expensas, eso sí, de que den la cara los ciudadanos de a pie que comparten su ideología.

Por otro lado, otros, encabezados por el mismo tipo que en su día pedía hacer un referéndum a nivel nacional por el Estatut catalán, porque "ante una demanda (...) con un respaldo tan vigoroso, no podemos ni siquiera imaginar que un gobierno democrático se oponga y la rechace" (palabras de Rajoy), incapaces de empatizar con nadie que no piense como ellos, se dedican a ignorar y rechazar sistemáticamente durante años todo lo que suene a idea ajena (además de echar más leña al fuego con otras cagadas socioeconómicas): ni diálogo, ni dar la cara, ni amago de negociación, ni gestos buscando limar asperezas. Solo represión violenta, comportándose como matones cuando es demasiado tarde para nada más. Represión no solo con los líderes ideológicos y responsables directos, sino con los ciudadanos de la calle, esa misma gente cuyos derechos democráticos dicen estar defendiendo. Y se produce la paradoja de que los policías intentan convencer a sus compatriotas españoles de que lo son... a golpe de porra.

Triste día. Como de costumbre, son los ciudadanos de a pie a los que les toca sufrir la ineptitud de sus políticos.

Los independentistas más catalanistas que nunca, los españoles más españolistas que nunca, y cuanto más enarbola cada uno su bandera, más se ahonda la herida. Una disputa por conceptos abstractos que son solo lo que nosotros queramos que sean: banderas, fronteras, dinero... Por todo ello, y, sobre todo, por nuestra incapacidad de convivir con el que es diferente de nosotros.