El misterio del moco propio

Es tan moco como cualquier otro. Si ves un moco ajeno arrugas el morro y ni te acercas. Pero el moco propio es otra cosa, e invita a jugar con él, le das vueltas, haces croquetas, estíralo para ver hasta donde aguanta. También cuando está seco, si es moco propio, da una íntima satisfacción descorcharlo de la nariz, sentir su rugosidad y firmeza, romperlo como una galleta frita. Pero sobre todo si es jugoso, es fácil caer en el hipnotismo del moco entre índice y pulgar. Y sigue siendo moco. Y al resto del mundo, absolutamente a todos los demás humanos de la tierra, les da asco tu moco. Igual que a ti te dan asco todos los demás mocos del mundo. Y sin embargo a ellos también les gustan sus propios mocos, tanto que algunos se los comen. Debe ser dulce, si es tuyo.