La felicidad del hueco

La felicidad de la que menos conscientes somos -y que siempre podemos gozar, con un mínimo recordatorio que nos hagamos- es la de la ausencia de todas esas cosas que nos podrían estar fastidiando el momento. La felicidad del hueco. Esto se puede referir, desde luego a la felicidad por no estar sufriendo una enfermedad grave, preservar los brazos o los ojos, o que nuestros mejores amigos siguen vivos, pero esos huecos no dejan de ser un poco demasiado lejanos, al menos cuando son sufrimientos que no hemos llegado a conocer todavía. A mí estos días me está sirviendo más pensar en la última vez que me comí un gofre. Hace un par de días vi gofres en un mercadillo de navidad, me vino el capricho goloso y me apeteció tomar uno. En ese momento me pareció que la felicidad estaba en un buen gofre con chocolate. Pero una vez di el primer mordisco al gofre, me di cuenta de que me había metido en un problema. Aquello estaba reseco, empalagoso e intragable. Pero no podía tirarlo, había pagado por ello y me resulta inmoral tirar comida cuando todavía se puede comer. Pese a la repugnancia que ahora me producía el gofre, me forcé a terminarlo cuanto antes. Entonces me di cuenta de que la felicidad ya la tenía en realidad antes del gofre, cuando, engañado, creía que el gofre me saciaría. La felicidad estaba -y está- en la ausencia de gofres rancios que hay que terminar a la fuerza.