Mi padre

Mi padre ha sido la mayor influencia de mi vida. Y aún así no le llego a los talones en sensibilidad, paciencia y compasión. También tiene cosas que no aguanto, algunas de las cuales he heredado. Pero fue mi primera referencia de los sacrificios que puede conllevar buscar la verdad, y ser justo y consecuente. Y sigue siendo la prueba viviente de que se puede evolucionar, mejorar, aprender y tener curiosidad siempre. Sus afilados comentarios han engañado a algunos, haciéndole pasar por insensible, borde o maleducado (los que piensan: "si se atreve a decir eso, ¡qué no estará diciendo!"), pero los que le conocemos sabemos que solo van cargados de honradez y afán de mejora (aunque a veces juegan a provocar, también).

Es un hombre de lágrima mucho más fácil que mi madre (viendo películas, por ejemplo). Capaz de ser duro, meterse en problemas y mantenerse firme cuando sus ideales así se lo indican, pero también de quedar casi impotente ante el sufrimiento de los más débiles, especialmente cuando se trata de niños y animales. Volcado en su familia y atribulado por ser el mejor padre posible. Su sentido de la responsabilidad hacia todos los demás y el planeta abarca cada detalle de la vida (hasta resultar agobiante de intentar seguir): desde las finanzas caseras hasta aprovechar incluso la última sobra útil de comida para alimentar gatos callejeros en el pueblo.

Un hombre con sus sombras y sus épicos patetismos diarios (su fuerte sordera causa frustraciones, pena y risas a partes iguales), pero también recto como ya no los hacen. Un héroe (recurro al cliché, al fin y al cabo hay más verdad en él que en evitarlo) de heroicidades minimalistas y cotidianas; anónimo y recluido, olvidado, desconocido. Sin máscara, como si así no se le pudiera desenmascarar.