Historia de una silla de ruedas vacía en mitad de la calle

He estado echando unas canastas en la plaza, y al volver a casa me he encontrado una silla de ruedas vacía frente al portal. He mirado alrededor y no he visto a nadie. Me ha parecido una imagen curiosa, pero me he quedado con las ganas de hacerle una foto, porque no tenía cámara encima -ni siquiera la del móvil.

He subido a casa, me he duchado, y he bajado unos minutos después (iba a regalarme con un señor vermú). La silla seguía ahí, y esta vez sí, le he podido hacer una foto con el móvil:

silla de ruedas vacía

No satisfecho del todo, me he acercado un poco para hacer otra foto por si acaso esta fuera a quedar mejor. Y mientras hacía otra foto he visto que por la derecha se acercaba un señor, cachava en mano. Ya me iba cuando oigo al hombre decir con voz amable:
—¿Qué, echándole una foto a la silla?
—Sí -le he dicho-, la he visto ahí vacía y me ha hecho gracia. Me preguntaba dónde habría ido el dueño. ¿Es suya?
—Sí, estaba dando un paseo para... ya sabes, para no perder las facultades.
—Eso está bien. Al ver la silla he pensado que el dueño no podría andar, pero veo que usted se maneja bien.
—Bueno... depende de días. Hay días malos... y días peores.

Poco después, mientras se posicionaba lentamente para sentarse, me ha empezado a contar una historia:
—Hay que vivir... Me acuerdo en el río Baya, allí en Miranda, que se tiró una vez uno al río, y me decía un vecino: "Tú no hagas eso, Agapito, que hay que vivir la vida y eso no tiene solución".

Aunque estaba a punto de sentarse, al ponerse a hablar ha terminado por quedarse erguido, apoyado contra la pared.

—Un tiempo después iba yo en el tren y me encontré a una vecina de allí, y me dice: "¿Te acuerdas de Arizmendi?" Arizmendi... de nombre ya no me acuerdo cómo era, pero era Arizmendi. Bueno, pues me dice que Arizmendi se ha tirado al río Baya. ¡Resulta que era el mismo que me había dicho eso, que no me tirara! Era un hombre con clase... En esa época la vergüenza era otra cosa, para la gente era muy importante.
—¿Quieres decir que se suicidó por vergüenza?
—Bueno, no sé... Pero por aquella época no le iba bien, y tenía un hijo que sacar adelante. Yo creo que igual lo hizo por quitarse del medio y dejarle el negocio al hijo, y así dejarle el camino abierto. Pero sí, la vergüenza era una cosa muy seria, la gente se mataba por vergüenza. ¡El mismo que me dijo que no me tirara al río, fíjate! Pero no, no hay que hacer eso. En la vida muchas veces se cierran las puertas, pero cuando se cierra la puerta se abre otra, o las ventanas.

Por fin se ha sentado, diciéndome que no me entretendría más. Me he presentado y le he preguntado por su nombre.
—Agapito, ¡no me he tenido que pelear por él con nadie de la familia!

Le he pedido una foto, a la que se ha prestado encantado:

Así nos hemos despedido. Me he quedado pensando en el suicida antisuicidio, y sobre todo, en la de historias que perviven en la memoria de los abuelos, y la de ellas que, por desgracia, allí morirán.


Nota:
Obviamente, no he reproducido la conversación de forma totalmente literal, pero he procurado ser tan fiel como he podido a ella. Por suerte, la mayor parte de los fragmentos se me han quedado muy grabados y la he transcrito en el mismo día. La mayor duda que he tenido ha sido con el apellido del vecino, el supuesto Arizmendi. Es posible que lo haya cambiado. Y con la forma en que lo ha definido. He optado por poner "hombre con clase", aunque sé seguro que no ha dicho exactamente eso. Lo ha dicho con otras palabras, pero "hombre con clase" define más o menos la impresión que me he llevado de lo que decía. Quizás "hombre de honor" le hiciera cierta justicia también, pero no ha dicho algo tan grandielocuente.